Las instituciones y sus estructuras burocráticas hacen que los gobiernos no colapsen, que los servicios públicos (malos o buenos) se sigan prestando, que las sociedades continúen con su vida rutinaria, en pocas palabras, que la vida siga en las ciudades.

Nos podemos encontrar con buenos, regulares y malos gobernantes según la perspectiva que se le quiera dar, con estilos múltiples de gobierno donde se busca imprimir un sello distintivo sobre las acciones emprendidas desde los gobiernos, es decir, el tipo de políticas públicas que se ponen en marcha y que buscan incidir en la calidad de vida de las sociedades. Pero a pesar de ello, las instituciones y quienes la integran son quienes terminan sacando a flote un sin número de actividades que los gobiernos prestan, ofertan y sirven a la ciudadanía. En todo caso, es aquí donde en realidad se marca la diferencia más notoria entre un gobierno y otro, entre un partido y otro, entre los estilos de gobierno que hay; pues en la medida que un gobierno y sus instituciones sean capaces de dotar de herramientas, simplificarle la vida al ciudadano, darle certeza y seguridad ciudadana a sus actividades y convivencia e interacción con los demás, en la medida que satisfaga sus necesidades primordiales (agua, alumbrado, seguridad, limpieza y recolección de basura, etc.), en esa misma medida, será como se reflejara en la percepción de aceptación o rechazo ante una sociedad cada vez más exigente.

Ante ello, cabe resaltar que por más moderna y civilizada que sea una sociedad, por más adelantada y educada que este la sociedad, es y será imposible darle gusto a todos, pues siempre habrá (para bien de las sociedades) grupos opositores que descalifiquen a ultranza el trabajo de los demás, que denosten a veces sin razón, la ira y ceguera que les da el estar fuera de un proyecto, un gobierno o simplemente por no sentirse parte y compartir las ideas, estilos y formas de hacer las cosas desde los gobiernos.

Ahora bien, preguntarse ¿Quién es mejor o cuál es peor en el gobierno?, implica un análisis profundo que quizás no tenga solo una respuesta, pues todo se mira según el cristal desde donde se observa. Lo cierto es, que para cualquier sociedad posmoderna y democrática son sanas las alternancias, es sano evitar la perpetuidad en el poder de grupos, partidos o personas; lo cual no está peleado con la idea de la reelección inmediata, vista como continuidad de buenos proyectos, trabajos y como una forma de evaluar verdaderamente al gobernante que hizo las cosas, y no así, que terminen pagando justos por pecadores, tras recibir el candidato del mismo partido del gobierno saliente el castigo a través del sufragio en contra por el mal desempeños de su correligionario.

Con todo ello, lo que trato de expresar es que será mejor para una sociedad acudir a la alternancia en el poder (vía elecciones democráticas), para que los partidos, grupos y personas del poder, así como las propias instituciones y la burocracia dorada se reciclen, se filtren y se renueven tanto en las ideas, como en los estilos y como en las propias personas que los integran.

En México ya se dio la alternancia en el poder dentro del gobierno federal, donde no pocos, apostaron todas sus esperanzas de cambio y mejora en su nivel de vida, y sin embargo, se ha podido constatar que si bien hubo cambios, estos no fueron profundos; que como ya lo mencione anteriormente la burocracia y sus instituciones bajo una inercia misma de oferta y demanda de productos y servicios del gobierno, hacen que el país y su gobierno sigan funcionando y trabajando.

Luego entonces, ese amplio sector importantísimo para los gobierno y sus sociedades, y que pocas veces es reconocido, valorado y que termina por pasar en el anonimato de los diarios y noticias (la burocracia o servidores públicos) terminan siendo quienes sacan a flote el trabajo cotidiano de un gobierno, son quienes atienden y sirven a la sociedad con sus vicios y salvedades. En este sector de la función pública es donde se debe poner un mayor énfasis, mayor atención y por ende profesionalizar, capacitar e incentivar su labor, así como inculcar valores propios del servicio público, que traiga como consecuencia una mejor labor desde su trinchera.

Héctor Ruiz

 

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